El amor y la línea de 5: filosofía, nostalgia y la búsqueda de lo perdido

En la Diagonal del Olvido, donde la cantina del Roberto FC es testigo de grandes encuentros, leyendas intemporales se agolpaban cerca del mostrador. Al eco del grito "la vuelta la vamos pagando de a uno", comenzó el banquete. Iban a debatir sobre los misterios del amor y el empate sin goles contra Corea en 2022. ¿Cómo podía justificarse jugar con línea de 5 ante los coreanos? Era el interrogante latente. Entre los presentes: Mr. Johnson, primer presidente del club; Vicente Mastandrea, capitán emblemático; Obdulio Maldonado, DT del club; Sócrates, Aristófanes y el Cantinero Mudo. Cada uno con una perspectiva singular sobre el amor y su inevitable conexión con el fútbol, y una injuria preparada para la impensada línea de 5.

Sócrates, filósofo tardío y perpetuamente distraído, entró tarde, como de costumbre, y su presencia envolvió el lugar en un halo de reflexión.

Vicente Mastandrea, el primero en alzar la voz, lanzó: "Cuando extrañamos a alguien que se ha ido, ¿qué sentimos en realidad? ¿Es su ausencia física o algo más profundo lo que nos duele?"

El Cantinero Mudo, siempre certero, replicó: "Extrañar es una forma de amar, pero no siempre es hacia la persona ausente. Refleja nuestro deseo de ser amados, de hallar en otros lo que creemos que nos falta."

Obdulio Maldonado, con tono severo de profesor, añadió: "La nostalgia es una herida en el alma, nos expone nuestra vulnerabilidad, pero también nos muestra que la cura no está solo en el recuerdo, sino en aprender a amarnos a nosotros mismos."

Aristófanes, con astucia, narró: "Éramos seres completos, unidos con otro ser. Al separarnos, buscamos esa otra mitad. A veces, la verdadera unión no está en hallarla, sino en reconocer que dentro de nosotros hay una fuente inagotable de amor."

Mr. Johnson, poeta consumado, sentenció: "El amor hacia uno mismo es el más divino. Extrañar a alguien es a menudo reflejo de lo que nos hacían sentir. Debemos aprender a proyectar esas emociones hacia nuestro interior, a llenar ese vacío con nuestra propia luz."

Sócrates, oyendo en silencio, rompió su mutismo: "No extrañamos a la persona que se ha ido, sino a la parte de nosotros que descubrimos a través de ellos. El amor propio es el reconocimiento de nuestra divinidad."

Las leyendas, sumidas en sus cavilaciones, no sabían si comprendían del todo. La nostalgia dejó de ser un lamento por la pérdida y se convirtió en una invitación a redescubrir el amor propio. Y así, en esa velada filosófica, perdieron dos partidas de casín, y Vicente, entre risas, sentenció: "Solo sé que no sé nada."