¿La Educación en Crisis? Mediar entre el viejo y el nuevo mundo según Hannah Arendt

Hannah Arendt (1906-1975)
Hannah Arendt (1906-1975)

En su obra Entre el pasado y el futuro, Hannah Arendt aborda uno de los problemas más complejos de la modernidad: la crisis de la educación. No se trata solo de una crisis institucional o metodológica, sino de una encrucijada que atraviesa el tejido político y cultural de la sociedad. Arendt observa con aguda lucidez que, en los momentos de crisis, las verdades que solemos dar por sentadas se tambalean, obligándonos a mirar de manera diferente aquello que antes permanecía oculto tras el velo del sentido común. Es en esta fragilidad del presente donde yace una oportunidad única: la posibilidad de repensar y reconstruir el mundo.

Hannah Arendt reflexiona sobre una crisis educativa que sacudió a los Estados Unidos en la década de 1950. Más allá de ser una crisis meramente pedagógica, Arendt desvela su profundo carácter político, subrayando que cada crisis encierra, en sus entrañas, una posibilidad revolucionaria. Según Arendt, estas fracturas nos invitan a observar la realidad desde nuevas perspectivas, removiendo el velo con el que el sentido común ha cubierto nuestra comprensión del mundo.

El sentido común, ese acuerdo tácito que conforma nuestra visión de la realidad, tiende a solidificar juicios que, con el paso del tiempo, se convierten en verdades incuestionables. No obstante, Arendt alerta sobre la fragilidad de este consenso: lo que asumimos como verdad no es más que una construcción colectiva, una hipótesis que, si no se cuestiona, corre el riesgo de sofocar la posibilidad de cambio. En la crisis, el sentido común se revela como lo que es: una convención que solo se sostiene mientras no se le desafíe.

Cuando el ser humano se enfrenta a una crisis, no solo se ve afectada su vida cotidiana, sino también su manera de interpretar la realidad. En este choque abrupto, se revela la fragilidad y lo efímero de las "verdades" que nos ofrecía el sentido común. Al derrumbarse el sistema de creencias que previamente estructuraba nuestra existencia, quedamos desarmados frente a las preguntas más elementales de nuestra vida, aquellas que nunca habíamos imaginado formular. Nos encontramos en una búsqueda desesperada y angustiante de respuestas, porque el suelo firme sobre el que caminábamos ha desaparecido bajo nuestros pies.

Para Arendt, nuestra respuesta a esta crisis determinará su desenlace. Si nos aferramos a las viejas respuestas, a aquellas fórmulas gastadas que ya no tienen sentido, solo profundizaremos la crisis. Después de todo, esas mismas respuestas fueron las que nos condujeron a este estado de desorientación. Una actitud más sabia, más reflexiva, consistiría en aprovechar la vulnerabilidad y desnudez que nos deja la crisis para repensar nuestra existencia. En lugar de huir hacia respuestas cómodas pero obsoletas, deberíamos aprovechar esta oportunidad para profundizar nuestra comprensión del mundo humano. Es precisamente esta reflexión la que Arendt nos ofrece en su análisis de la educación, invitándonos a enriquecer nuestra conciencia y abrirnos a nuevas posibilidades en tiempos de crisis.

Hannah Arendt, al meditar sobre la educación en Estados Unidos, se encuentra con una institución educativa que desde su concepción fue diseñada con un claro objetivo político: la americanización de quienes llegaban a sus tierras. Esta empresa de asimilación, destinada a moldear a las diversas etnias inmigrantes en un proyecto único de libertad y prosperidad, encontró en la escuela su instrumento más potente. La escuela estadounidense no solo buscaba enseñar; se erigía como la herramienta para transformar a los hijos de los inmigrantes en ciudadanos americanos, prometiendo un mundo nuevo que debía construirse desde sus cimientos. Un proyecto político de esta envergadura requería imprimir la "forma norteamericana" en aquellos individuos que, en su diversidad, representaban la promesa de un nuevo comienzo.

Sin embargo, como bien señala Arendt, lo que sucedió en realidad fue muy distinto. Las escuelas no creaban un mundo nuevo, sino que imponían, casi por la fuerza, un mundo ya diseñado, preconcebido. No se trataba de una oportunidad para que lo nuevo surgiera de la creatividad y la experiencia de los individuos; más bien, se les presentaba un mundo ya establecido como el único posible. En lugar de la persuasión o el convencimiento racional, lo que se inculcaba desde la infancia era la idea de que ese mundo preexistente era el único y verdadero. El mundo "nuevo" de los viejos se convertía así en el "viejo" mundo de los nuevos. Los hijos de los inmigrantes, al llegar a este mundo preconfigurado, no encontraban una realidad abierta al cambio, sino un esquema que les decía que ese mundo existía mucho antes de ellos, imponiendo una visión cerrada y limitante de lo posible.

En este análisis, Hannah Arendt señala cómo la instrucción básica en Estados Unidos no solo educaba, sino que moldeaba una interpretación unívoca del mundo para sus ciudadanos. Esta educación, al proporcionar respuestas inmediatas y aparentemente indiscutibles a preguntas fundamentales como "¿Quién soy?", "¿Qué debo hacer?", y "¿Dónde estoy?", construía un sentido común que rápidamente se consolidaba en prejuicios. Para Arendt, la crisis educativa que enfrenta Estados Unidos es consecuencia directa del derrumbe de este sentido común, cuyas estructuras antes parecían inamovibles. La crisis, en este sentido, es una grieta en la fachada que permite ver más allá de las verdades incuestionables que antes se asumían como evidentes.

Lo que esta crisis pone de manifiesto es el colapso de un sistema que, durante generaciones, había fundamentado su pedagogía en la autoridad indiscutida del docente, quien, dirigido por el Estado, enseñaba a los jóvenes cómo debían vivir en Norteamérica. El problema, según Arendt, no radica únicamente en el contenido que se impartía, sino en la manera en que se concebía al individuo dentro de un sistema cerrado, donde el mundo era presentado no como una realidad en construcción, sino como algo terminado, inmutable, preexistente.

Sin embargo, la postura de Arendt no se aboca a destruir por completo los cimientos de este modelo. Lejos de un rechazo absoluto, ella plantea una reinterpretación de sus fundamentos. Arendt sugiere que se debería reconsiderar la figura del niño en la educación, equiparándolo a la visión que tenían los griegos de sus jóvenes: los niños son los nuevos en el mundo. Cada niño que ingresa a la escuela representa un ser humano que está entrando en un universo preexistente, donde generaciones anteriores —sus padres y maestros— ya han vivido. Este ingreso al mundo debe ser entendido no como una imposición, sino como una apertura hacia el futuro, donde lo nuevo pueda florecer y, a su vez, transformar lo antiguo.

Hannah Arendt expone que la educación de los "nuevos" enfrenta una misión doble y profundamente paradójica. Por un lado, busca el desarrollo integral del niño hasta su edad adulta, preparándolo para enfrentarse a la vida que le espera. Por otro, se propone perpetuar el mundo al que el niño es introducido, garantizando que lo existente no se vea desbordado por lo novedoso. Aquí surge la paradoja que Arendt señala: la educación debe, simultáneamente, proteger al niño del mundo y proteger al mundo de la llegada de esos nuevos individuos que, con su frescura y potencial transformador, lo amenazan con su mera existencia.

La clave para resolver esta paradoja, según Arendt, reside en comprender la doble naturaleza de la existencia humana: una privada y otra pública. En los primeros años de vida, el niño habita en el ámbito privado, bajo la protección de la familia. Es en este entorno seguro donde puede desarrollarse sin la amenaza de las exigencias del mundo exterior. Solo cuando el niño alcanza la edad escolar comienza a ser arrancado de esa seguridad para ser introducido, gradualmente, en el mundo público.

La escuela, aunque no es el mundo público propiamente dicho, actúa como una institución de transición, un espacio intermedio entre la protección del hogar y el vasto escenario de lo humano. Es allí donde se inicia el verdadero proceso de "ser arrojado al mundo". Por tanto, la responsabilidad de quienes educan es mayúscula: no solo están formando individuos, sino que también están mediando la entrada de esos individuos a un mundo que, en cierta medida, deben proteger. Esto implica que la educación no puede ser un acto negligente ni rutinario, sino una tarea consciente, deliberada y cargada de responsabilidad, pues de su correcta implementación depende el futuro tanto del niño como del mundo mismo.

Esta responsabilidad, plantea Arendt, no se limita a la transmisión de conocimientos, sino que se extiende a la preservación del espacio público en su más amplio sentido: un lugar donde los nuevos puedan desplegar su potencial sin destruir aquello que les precede, pero también sin ser sofocados por las estructuras heredadas. La educación, en este sentido, debe ser tanto una preparación para la libertad como una defensa contra los excesos de la misma.

Arendt sostiene que la educación debe tener un carácter conservador en el sentido de proteger al niño de las perturbaciones del mundo, dándole tiempo para desarrollarse antes de enfrentar las complejidades de la realidad. Sin embargo, esta protección debe ser temporal. Llevar ese conservadurismo al ámbito político sería desastroso, ya que la esencia del mundo, como lo vivo, radica en su capacidad de cambio y evolución. Si intentamos mantener el mundo siempre igual, lo condenamos a su muerte.

Con cada nueva generación, hay elementos del mundo que permanecerán y otros que necesariamente cambiarán. La educación, en este sentido, es el puente entre lo viejo y lo nuevo, una mediadora que permite que el pasado se conecte con el presente emergente. El educador, entonces, no solo es responsable de transmitir el legado de la humanidad, sino también de preparar a los nuevos para ser los agentes de transformación de ese legado.

Es aquí donde el respeto por la historia y el pasado cobra relevancia. No se trata de una reverencia estática, sino de una apreciación dinámica, donde lo antiguo sirve de inspiración y orientación. Arendt sugiere que el educador debe asumir el rol de quien presenta ese viejo mundo a los jóvenes, con respeto y conocimiento profundo. El educador es, en esencia, un guardián del pasado, pero no para preservarlo inmutable, sino para ofrecerlo como una base que las nuevas generaciones puedan transformar.

Tal como en la antigua Roma, donde los maestros eran compañeros, colaboradores e incluso competidores, la autoridad del educador no emana de su figura individual, sino del conocimiento que posee sobre el pasado y sobre aquellos antepasados cuyo legado se transmite. Este respeto por la historia es lo que confiere al educador su rol de mediador, permitiendo que el pasado inspire el futuro sin que este quede aprisionado por él. Así, la educación cumple con su doble misión: proteger al niño mientras lo prepara para la vida en el mundo, y proteger al mundo al facilitar la entrada de estos nuevos individuos que, aunque lo desafían, también lo reviven.

El problema fundamental que enfrenta la educación moderna, según Hannah Arendt, radica en que ha sido reducida a un mero instrumento de utilidad política. Arendt sostiene que la educación de los nuevos seres humanos no debe estar subordinada a las metas del viejo Estado, sino orientada hacia los objetivos aún no definidos del mundo que los nuevos están llamados a crear. No podemos limitarnos a educarlos para que se conformen con las estructuras heredadas; nuestra misión es también ofrecerles las herramientas necesarias para que las transformen.

La escuela, por tanto, debe mantener un equilibrio delicado: ser conservadora en algunos aspectos y revolucionaria en otros. Si la conservación del pasado es excesiva, corremos el riesgo de caer en un estancamiento que sofoca la innovación y la vitalidad. Por otro lado, un pragmatismo estatal desmesurado, centrado exclusivamente en formar habilidades útiles, desvincula a los individuos del sentido profundo de su humanidad.

El verdadero desafío es replantear la relación entre los adultos y los nuevos, reflexionar sobre cómo recibimos a los recién llegados al mundo. En este sentido, debemos considerar que un mundo que se renueva constantemente no puede ser un lugar donde todo se conserve inmutable. ¿No será entonces que la clave para una educación más auténtica radica en aceptar que, en cada generación, el mundo debe morir para volver a nacer?

Bibliografía:

- Arendt, H. "Entre el pasado y el futuro: ocho ejercicios sobre la reflexión política", reflexión V "La crisis en la educación". Ediciones Peninsula, 1996.