Reflejos del Infinito: virtudes teológicas, introspección y la paradoja del tiempo en San Agustín

Introducción
San Agustín, una de las figuras más influyentes del pensamiento occidental, ofrece una perspectiva única sobre el conocimiento divino, la introspección y el tiempo. En su obra, las virtudes teológicas emergen como capacidades cruciales del intelecto humano, pero también como limitaciones que nos impelen a reconocer la magnitud de lo divino y lo trascendental. A través de un examen detallado, descubriremos cómo Agustín articula la relación entre la razón y la fe, y cómo estas virtudes moldean nuestra comprensión del conocimiento superior y su accesibilidad.
Al mismo tiempo, el viaje agustiniano desde el espejo del mundo hacia el refugio interior revela una profunda introspección que transforma la búsqueda de la verdad en una travesía interna. La paradoja del tiempo, explorada por Agustín, añade otra capa de complejidad, desafiando nuestra capacidad para aprehender lo temporal desde una perspectiva externa. Este texto busca mostrar en la intersección de estos temas, invitándonos a reflexionar sobre cómo la filosofía de San Agustín sigue resonando en nuestra comprensión contemporánea del conocimiento, la verdad y el tiempo.
Las virtudes teológicas y el conocimiento divino en San Agustín: capacidades y restricciones del intelecto
San Agustín aspira a un conocimiento superior, que lo lleve a la contemplación misma de su objeto de conocimiento, que es Dios y este está ligado a la verdad y a una idea de vida feliz. Donde ese conocimiento además es conocerse a uno mismo para llegar a nuestra esencia. Tampoco es entender que vamos a encontrar a Dios mismo en nuestro interior, sino que lo que encontraremos será su palabra, el logos, el verbo divino.
Es importante comprender esto para dar explicación al valor y función de las virtudes espirituales.
Pero dará a entender Agustín que tampoco nos encontramos con el mismo logos de Dios, porque sería cruzarnos con el mismo Dios, entonces como somos creados a su imagen y semejanza, lo que encontramos en nuestro interior es una imagen, un reflejo en nuestra alma de la palabra de Dios que es esa búsqueda de la verdad, el bien y la felicidad.

Este acercamiento que puedo tener hacía Dios es algo que veo en mi interior, por eso Agustin pone énfasis en que para conocer a Dios hay que conocerse a uno mismo, conocer su propia alma y racionalidad, hay que volver sobre uno mismo para que en definitiva esto sea el acto contemplativo que es lo que se busca desde el punto de vista racional. San Augustín dirá, parafraseando, que hay que ver con los ojos de la mente.
Podemos tener algún indicio de lo que Agustín necesita para conocer a Dios. Su existencia, la de Dios, la basa en que por naturaleza somos ambiciosos por conocer, y nada nos satisface en ese anhelo de que hay algo que nos supera, que está más allá de nosotros mismos, pero que realmente comenzamos esa búsqueda y esto es lo que nos da a la pauta de la existencia de algo superior.
Cuando intenta explicar como comprender o concebir a Dios, la influencia platónica y neoplatónica se hace muy patente. La primera manera de conocer que tenemos los seres humanos es a través de los sentidos. Con los sentidos nutrimos a la memoria de vivencias y experiencias que están fuera de mi, en el exterior. Y la otra forma de comprender la realidad es con el intelecto, con la inteligencia. Es nuestra razón la que nos permite conocer y comprender realidades que están fuera de mi, que son abstractas y Agustín, cómo Platón, usa el ejemplo de las matemáticas, entonces el conocimiento de Dios se da en lo intelectivo, en el intelecto.
El problema con los sentidos San Augustín los ejemplifica con un amigo, un tercero. ¿Puedo conocer a un amigo desde su interior? Agustín dirá que plenamente no será posible conocer a un amigo en su interior. Comprendemos que le pueden pasar cosas parecidas porque es un otro y aquí está el problema del conocimiento del otro, pero además Agustín dirá que ni nosotros mismos nos llegamos a conocer del todo, ni yo me puedo conocer a mi mismo incluso teniendo la consciencia de que soy yo. En definitiva, la única manera de poder conocer a Dios será desde el alma racional, más no desde los sentidos.
Y para lograr llegar a conocer esa imagen de Dios que tenemos en nuestro interior, Agustín va a plantear la idea de la purificación. Purificación asociada a los conceptos de perfeccionar, de preparar mis capacidades como alma racional estén afinadas. Estas capacidades son el juicio, la imaginación, el discernimiento, en definitiva el uso de la razón. De alguna manera busca con esta idea sanar, limpiar la mente, el alma racional, que es como tener un médico dentro de uno mismo que es la imagen de Dios.
Dios forma parte de mi y tengo que llegar a él con esfuerzo, con mi preparación, con mi voluntad y aquí podemos adentrar el ejemplo de las matemáticas. Una línea recta o un número puede llegar a representarlo en el mundo sensible, pero solo será visible, solo puedo "tocar" estos juicios o axiomas con la mente, las contemplo en con el intelecto.
El ejemplo de ver con los ojos de la mente nos hace poner en foco el término mirar y el de ver. Mirar es más básico porque sería una función sensible, yo miro un objeto determinado, pero para ver ya implica un esfuerzo, una atención. que me permite a mi ver ese objeto sensible, a parte de su existencia comprobable y mi alma racional, necesito otra naturaleza que haga visible los objetos, esto se ejemplifica en la luz que refleja el objeto así lo puedo ver con mis ojos.
Esta diferencia la traslada al intelecto donde los ojos de la mente serían las facultades racionales que debemos estar preparados para realizar de la mejor manera. Así como hay objetos sensibles, hay objetos inteligibles. Y para ver estos objetos inteligibles también necesitamos una "luz" que los refleje, esta sería una luz espiritual, y esta luz no es más que el logos divino de Dios que se transmite como una luz en mi interior e ilumina esos objetos inteligibles.
Esta búsqueda que plantea Agustín es personal, es interior pero no por eso debe ser aislada. el encuentro con Dios, con la verdad, se da en uno mismo. No es como Platón decía de la reminiscencia, en San Agustín ese rememorar significa hacer consciente algo que no lo teníamos presente pero que ya estaba. Es un acto de autodescubrimiento personal.
Este esfuerzo que hay que hacer para llegar a esa imagen de Dios en nuestro interior, se debe hacer de manera teórica y de manera práctica y el autor plantea tres virtudes como ofrecimiento de Dios, eso que nos supera pero nos ayuda a poder dirigirnos correctamente hacía Dios. Estas tres virtudes son:
La Fe: de que existe eso que anhelo, la confirmación inmediata y plena que existe aun sin comprenderlo.
La Esperanza: es la esperanza de poder alcanzarlo, aunque todo indique que por mis fuerzas será imposible, pero hay que intentarlo con esperanza.
La Caridad: este es el deseo de anhelo espiritual de dirigirme hacia ese objeto último de conocimiento.
Son virtudes espirituales que sirven para que la razón, en su búsqueda por lo trascendente, no quede detenida o no se desvíe en otras cuestiones. De alguna manera Agustin plantea algo parecido a Clemente donde la Fe irá validando lo que la Razón tenga para decir, y cuando entren en conflicto será la Fe la que tome las riendas del conocimiento.
Del espejo del mundo al refugio interior: un viaje hacia la verdad
Podemos ver como Agustín realiza dos movimientos del alma: uno hacia afuera y otro hacia su interior.

En su búsqueda en el exterior pondrá la cuestión de si es posible que conozca a Dios fuera de mi. La respuesta del mundo será un rotundo no, Dios no está acá. Entonces al ser creados por Dios, somos parte de la creación divina, se vuelve en un nuevo movimiento del alma, pero ahora se produce hacia el interior.
Cuando comienza a buscar en su interior, lo que buscará es conocerse a sí mismo y buscar en su interior a Dios. Acá vemos que Agustin encuentra algo en su alma racional que justifica hasta su propia búsqueda, que es la memoria.
La memoria es el fundamento último de su interioridad, es lo que lo hace ser consciente de su yo y de su alma racional. Es como una herramienta fundamental para el alma racional porque se encuentran una infinidad de cosas, el autor pone el ejemplo que la memoria es como un salón inmenso, en donde si sigo buscando seguiré encontrando cosas, y otras que aparentaban no estar, están y las puedo encontrar.
En la memoria encuentro el recuerdo y el olvido: el recuerdo son las ideas que hago conscientes y los olvidos se encuentran en algún lugar de ese salón escondidos esperando a que los descubra. Lo primero que encontraré en mi memoria serán imágenes de cosas sensibles que he percibido gracias a los sentidos. Estas imágenes las puedo ordenar y manejar a mi voluntad en algunos casos, en otros casos no, incluso me podrían llegar a aparecer imágenes que yo no quería recordar.
También en mi memoria encuentro sentimientos, pasiones del alma. Estas son representaciones que Agustín reúne en 4 categorías: El deseo, la alegría, el miedo y la tristeza. En estas se dan imágenes también, representaciones que en la memoria no está la misma tristeza o alegría que viví, sino que es solo el recuerdo, no lo vuelvo a vivir. Es decir, puedo recordar una tristeza y esta me provoque alegría (aunque en mi opinión pensando criticar a Agustín diría que el recuerdo es siempre triste, el recuerdo de una alegría también es triste a mi entender, porque eso ya pasó) Siguiendo con el planteo de Agustín, esto no es contradictorio si comprendemos que recordar una tristeza es solo eso, recordarla y no vivirla nuevamente. Esto pasa con los dos tipos de recuerdos: los sensibles y los sentimientos interiores.
En su búsqueda de Dios, de la verdad, de la felicidad, Agustín seguirá hurgando en su memoria para encontrar otros elementos que lo acerquen cada vez más al logos divino. Y encuentra en su interior que hay representaciones, que parecen tales pero que son entidades, son realmente cosas. Aquí nos habla de definiciones, principios, propiedades de la cantidad de disciplinas que uno puede estudiar, hablamos de un conocimiento teórico como lo son los de las matemáticas o la lógica. La entidad misma matemática o lógica la encuentro en el exterior, estas entidades están en mi interior. Estas entidades pueden ser una figura geométrica o un número, que son imposibles de encontrar en el exterior, pero que existen dentro de mi.
Estos entes no vienen del exterior, pero me permiten a mi dar existencia del exterior. Agustín plantea la idea que son reconocibles estos criterios de conocimiento que lo que nos permiten es juzgar, dar cuenta de las cosas del afuera, pero el concepto en sí, esa definición o principio matemático por ejemplo, estará en mi interior.
Ahora se plantea el problema de que si estos principios existen solo en mi interior, este conocimiento podría llegar a ser subjetivo. Pero Agustín argumenta que, por ejemplo, 2 más 2 es igual a 4, es así en cualquier parte, porque es una verdad objetiva, inmutable y universal. Esto quiere decir que todos comprendemos ese principio (2+2=4) y lo asumimos como verdadero universal y entonces dejaría de ser subjetivo, relativo, para pasar a criterios generales para juzgar el exterior.
Y otra parte importante de la memoria, y que no son los recuerdos, es el olvido. Para Agustín esto es un problema y lo plantea con una frase que parece ser contradictoria: dice algo así como el recuerdo del olvido. El autor propone que el olvido es el contrario del recuerdo, decir que recuerdo el olvido parecería que rompiera con el principio de no contradicción, porque nunca podría hacer presente eso que es ausente. Planteando esta paradoja, Agustín, muestra que hay ciertos misterios en nuestro interior que al principio parecen claros, pero si se comienza a cuestionar esos principios encontraremos estos misterios que están en nuestro interior.
Habiendo encontrado todo esto que se encuentra en la memoria, la imagen de lo sensible, los sentimientos y los principios fundamentales, junto con la paradoja del olvido, buscará entonces trascender su propia memoria para lograr su fin último: conocer la verdad, la felicidad, conocer a Dios.
Esto lo lleva a la idea que no solamente somos un alma racional que conoce, sino que ahora, para conocer a Dios, debe trascenderse a sí misma. Pero encuentra un problema porque si salgo y trasciendo mi memoria ¿cómo sabré que conocí a Dios? En mi memoria tengo fui encontrando indicios de que existen realidades comunes a todos como las matemáticas, pero según Agustín aún no llegamos a Dios, así que lo que hará es trascender personalmente, supera finalmente lo subjetivo para alcanzar una forma de trascendencia transpersonal.
Esta trascendencia subjetiva, lo hace llegar a los límites de la memoria personal y se basa en una tercera realidad que es parte del hombre, que es la memoria espiritual. El hombre no es solo cuerpo y alma racional, esta tercera parte es el espíritu. Esta dimensión espiritual es común a todos, como seres creados a imagen y semejanza de Dios, es desde acá donde puedo encontrar o llegar a la posibilidad de la contemplación misma de las ideas que están en la mente de Dios. Decir que se contempla la verdad, es afirmar que se contempla a Dios.
Y esta contemplación es el paso fundamental para el encuentro con la verdad, con la felicidad, para el encuentro con Dios. Contemplar significa que uno reconoce de forma plena y evidente, la naturaleza misma de la verdad. Aquí se basará la crítica a los escépticos que creían que no existía una verdad, para Agustin contemplar la verdad es comprender que no es relativa, no es subjetiva y al no estar en el mundo sensible, tampoco está sometida al cambio, a la temporalidad, y para el autor realizar esta contemplación, implica un gozo.
La búsqueda de una vida feliz se basa en la contemplación de la verdad mediante el conocimiento intelectual. Así es como podemos llegar a la plenitud y al gozo del conocimiento y contemplación de Dios. Pero para Agustín este es el camino para llegar a la felicidad, pero pueden existir otros que la busquen de distinta manera y hasta incluso otros que ni siquiera la busquen. Pero si le preguntamos a alguien que no busca la felicidad si quiere ser feliz, seguramente este nos contesta que sí, que quiere ser feliz. Aquí se nota ese anhelo, ese deseo de conocer tan característico del hombre.
Y este tema de la felicidad lo asocia con la verdad. Todos queremos tener la verdad. Hasta que algunos se aferran demasiado a algunas verdades débiles que según Agustín estos lo hacen por amor a la verdad. Como vemos Felicidad y amor van juntas y el autor terminará definiendo a la vida feliz como el vivir en el gozo de la verdad.
Más allá del horizonte: la imposibilidad de aprehender el tiempo desde el exterior

Para Agustín argumentar o explicar sobre la vivencia del tiempo es muy problemático. El problema está cuando se lo preguntan, pero si no se lo preguntan, lo comprende perfectamente. Identifica que el problema del tiempo se da en nuestro lenguaje. Ese lenguaje que es expresión del pensamiento, lo dividimos temporalmente. Mi sorpresa fue grande al darme cuenta de la gran cantidad de términos que usamos para expresar el tiempo, sin haber reparado mucho en ello.
Agustín dice que hay tres términos que usamos en nuestra oralidad: pasado, presente y futuro. Podemos decir, ayer, hoy, mañana, hace un año, dentro de un año o podemos decir ahora. Incluso los verbos los conjugamos en pretéritos, presentes y futuros. Acá es donde Agustín nos da a entender que, dando sentido al lenguaje, en que nos movemos en el mundo sensible que está en constante cambio, y esto se mueve en lo temporal, que es algo característico del mundo sensible, y tengo esas palabras para poder definir los cambios, lo que deviene y lo que está en el porvenir.
Será la idea de que Dios creó todo, hasta el tiempo, y la dificultad que nosotros tenemos para poder comprender esa creación de la nada. Podemos dar cuenta que Dios, siendo eterno, en esa eternidad no existe el tiempo, no transcurre, es un absoluto presente y el exterior que es temporal y está ligado a la creación, por eso decimos que el tiempo se da en el movimiento y el movimiento en el tiempo. Son indivisibles.
Si volvemos al problema del lenguaje encontraremos que las palabras tienen un significado y se refieren a algo exterior. Si por ejemplo digo que hice el parcial de Historia de la Filosofía Medieval la semana pasada, eso tiene un significado. Las palabras que están enunciadas refieren a un significado.
Pero si fue hace una semana, o pongamos el ejemplo que el parcial fuera la semana que viene, estamos hablando dos tiempos: el pasado y el futuro. Para Agustín lo futuro y lo pasado forman parte del no ser, osea no son. Tanto el pasado como el futuro no son nada porque uno ya pasó y el otro está por venir. Entonces Agustín se pregunta ¿qué es el presente? y este también se puede representar con las palabras hoy, ya, ahora, o este año. Por ejemplo si digo este año, en realidad no me estoy refiriendo a nada en particular, porque siempre que hablemos sobre un presente, podemos fragmentarlo. Por ejemplo 1 año es igual a 12 meses, que es igual a 365 días. Es como el ejemplo de las matemáticas y las figuras geométricas.
Ahora que podemos fragmentar el tiempo, también podemos fragmentar lo sensible. Para Agustín el ahora es un instante. Es algo imperceptible que si quiero permanecer en un instante, no podría, dejaría de ser temporal, y Dios es eterno no yo.
Parece que el lenguaje temporal que usamos no tuviera sentido alguno porque refiere a un pasado que ya fue, o sea no es, a un presente imperceptible que si quiero aprehender dejaría de ser, y el futuro que tampoco es porque aún no llegó. Por esta razón es que para Agustín no es posible aprehender lo temporal desde la mirada exterior.
Agustín propone dejar en evidencia la vivencia del tiempo con el ejemplo del Sol como medida del tiempo. Si el Sol frena su movimiento, o se acelera, el paso del tiempo seguiría invariable. Por eso la vivencia del tiempo se da en nuestro interior y es en este punto donde puedo elevar mi alma a una visión más trascendente del tiempo.
Y este problema lo resuelve con un segundo movimiento del alma, cuando comienza su búsqueda interior. Hay una vivencia del tiempo, incluso si no existieran los relojes, el tiempo pasaría de todas formas. Hay un atenuante y es en cómo nos afecta ese lapso presente en nosotros, nos puede hasta cambiar la percepción del tiempo en nuestra alma. Por ejemplo: trabajo de lunes a viernes y siento que esos son eternos, pero los fines de semana siento que pasa el tiempo más rápido que durante la semana. Nuestra alma es la que irá cambiando esa percepción del tiempo.
Y si el lenguaje es un problema, entonces Agustín hace lo suyo e identifica tres tipos de presentes, esto lo asocia a la trinidad divina que como somos hechos a imagen y semejanza, el presente se nos presenta en tres:
Presente del futuro - Realizamos una proyección, aspiramos a predecir.
Presente del presente - Aquí está esa extensión del alma que vive el ahora, es una extensión provocada por la afección recibida ante el movimiento de las cosas.
Presente del pasado - Aquí hacemos presente lo que ya no es, a través de la memoria.
La solución que encuentra Agustín es que lo primero que tengo es memoria de un pasado que puedo traer al presente y en base a eso proyectar al futuro. Si no recuerdo el pasado no puedo prever el futuro. Entonces todo lo que yo pienso que podría ser, es algo que ya se encontraba en mi memoria. Dirá Agustin que es la memoria la que nos ayuda a concebir el tiempo y dejar que se extienda el presente.
Igualmente Agustín llega a la conclusión de que la concepción del tiempo si es subjetiva y es por esta razón que se da en nuestro interior. Para trascender la vivencia del tiempo del alma, para llegar más allá, tendremos a la vivencia del tiempo espiritual que está más cercana a la verdad, o sea más cercana a Dios.
Bibliografía:
- San Agustín. Soliloquios. Ediciones Akal. 1993.
- San Agustín. Meditaciones. Editorial Espasa Calpe. 2006.